Y en el absoluto vacío de todo, una familiar voz llegó a mis oídos.
Cómo una suave caricia, como un arrullo o un amoroso y tierno beso en la mejilla, convirtiéndose en un bálsamo para mi atribulado espíritu.
La respuesta a la oración de un guerrero justo antes del combate.
Era tu voz, abrí los ojos lentamente y aquel "te quiero reina mora" aún me acariciaba el alma, la madrugada volvió a traerte de visita...te espero mañana, te quiero mamá.
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